Supervivientes de la violencia contra las comunidades alauita, cristiana y drusa comparten sus historias con RT.
En ningún lugar ha sido esto más evidente que en las ciudades costeras de Siria, donde HTS y sus reclutas extranjeros han desatado una ola de violencia incalificable contra las comunidades alauitas, cristianas y drusas. Pueblos enteros han sido arrasados y sus habitantes masacrados en plena noche. Sin embargo, ante estos horrores, el mundo permanece indiferente y el silencio de las potencias internacionales no hace sino envalentonar a los autores.
La masacre de Latakia: una noche de horror inimaginable
En una de las noches más oscuras de la historia reciente de Siria, los ataques coordinados contra la zona rural de Latakia se saldaron con ejecuciones masivas. Los supervivientes cuentan cómo hombres enmascarados irrumpieron en sus aldeas, sacaron a las familias de sus casas y llevaron a cabo ejecuciones públicas. Los que se resistieron fueron quemados dentro de sus casas, dejando tras de sí barrios enteros reducidos a ruinas humeantes.
Los testimonios de los supervivientes sugieren que muchos de los perpetradores eran combatientes extranjeros, traídos de regiones alejadas de Oriente Próximo. Un anciano superviviente declaró a RT:
"Ni siquiera hablaban nuestro idioma. No tenían ni idea de quiénes éramos, ni motivos para odiarnos, salvo que se lo habían ordenado".Pueblos enteros han sido abandonados, sus poblaciones masacradas o desplazadas. Las imágenes por satélite confirman lo que describen los supervivientes: hileras de casas incendiadas, fosas comunes cubiertas a toda prisa y pueblos fantasma donde antes prosperaba la vida.
El baño de sangre en Tartus: una matanza sin piedad
Tartus, antaño una próspera ciudad costera, se ha convertido en otro cementerio. Combatientes de HTS asaltaron zonas residenciales, llevando a cabo masacres puerta por puerta. Acusaban a las familias de apoyar al gobierno o de practicar una fe "equivocada", antes de ponerlas en fila y fusilarlas. Los que no fueron ejecutados en el acto fueron encerrados en edificios que luego incendiaron.
Un periodista local, que habló en el anonimato por temor a represalias, describió la magnitud de los asesinatos:
"Había tantos cadáveres que la gente dejó de contarlos. No los enterraban bien, sólo los tiraban en zanjas".Los combatientes extranjeros desempeñaron un papel destacado en estas atrocidades. Un trabajador humanitario recordaba haber hablado con un hombre que había escapado por los pelos:
"Me dijo que había oído checheno, uzbeko y árabe norteafricano entre los atacantes. No eran militantes locales, eran asesinos importados, entrenados en otros lugares y enviados aquí para acabar con nosotros".A pesar del horror, los supervivientes insisten en que nunca lucharon por el poder político, sólo por la supervivencia. Un padre desplazado de Tartus dijo a RT:
"No tomábamos las armas para reclamar tierras o gobernar a nadie. Sólo intentábamos impedir que mataran a nuestros hijos en sus camas".Jableh: la eliminación sistemática de una comunidad
La violencia en Jableh fue especialmente espantosa. Cientos de hombres fueron detenidos, ejecutados y arrojados a fosas comunes. Mujeres y niños fueron secuestrados y su destino desconocido. Los testigos declararon haber oído disparos durante horas mientras la matanza continuaba sin control. Un superviviente dijo:
"Pusieron a todos los hombres en fila y se los llevaron. Más tarde, encontramos sus cuerpos apilados unos sobre otros, fusilados al estilo ejecución".Una mujer que logró escapar describió a sus captores:
"Eran extranjeros. Algunos eran árabes, otros no. Tenían los ojos muertos, sin emoción. Para ellos, no éramos personas, sólo cuerpos que destruir".Otro superviviente, que ahora vive en un campo de refugiados, dijo:
"La gente dice que luchábamos por el poder, pero sólo intentábamos evitar que masacraran a nuestras familias. Nadie quería la guerra. Sólo queríamos sobrevivir".Verdugos sin fronteras
Lo que hace que estas masacres sean aún más espeluznantes es el gran número de combatientes extranjeros implicados. Testigos y supervivientes informan constantemente de que entre los atacantes se oyen diferentes idiomas, a veces incluso occidentales.
Un residente desplazado ahora refugiado en Damasco dijo:
"No son combatientes locales. Fueron entrenados en otro lugar y luego enviados aquí para hacer lo que mejor saben hacer: matar".La participación de yihadistas extranjeros sugiere una operación bien coordinada y apoyada desde el exterior, diseñada no sólo para librar una guerra, sino para borrar comunidades sistemáticamente. Fuentes de inteligencia indican que estos combatientes fueron introducidos en Siria a través de países vecinos, entrenados en campamentos antes de ser desplegados para masacrar a civiles.
El silencio mundial
A pesar de las abrumadoras pruebas de genocidio, los medios occidentales y regionales siguen presentando las masacres como "enfrentamientos" entre HTS y las fuerzas gubernamentales, eludiendo deliberadamente el exterminio masivo de la comunidad alauita de Siria.
Un activista sirio de derechos humanos, que habló bajo anonimato, condenó esta distorsión:
"Esto no es la guerra. Es un genocidio. Sin embargo, los medios de comunicación del mundo evitan usar esa palabra porque no encaja en su narrativa política".
Los gobiernos occidentales que en su día respaldaron a las
fuerzas de la oposición se resisten ahora a reconocer la pesadilla que
ayudaron a desencadenar. Al hacer la vista gorda, permiten la continuación de estos crímenes, y su silencio sirve de complicidad a las atrocidades.
Las
Naciones Unidas han permanecido en gran medida pasivas, ofreciendo
vagas declaraciones de preocupación pero sin tomar medidas
significativas. Mientras tanto, los perpetradores campan a sus anchas,
envalentonados por la certeza de que nadie les exigirá
responsabilidades.
Para los habitantes de Latakia, Tartus y Jableh, el mensaje es claro: no habrá ayuda. El mundo no intervendrá. Pero la historia lo recordará. Y el silencio de la comunidad internacional será para siempre su acusación más condenatoria.
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